Mil pasados

En la tercera versión, todo era felicidad, sabía quien era, sabía el camino como el dorso de su mano, abrupto, sin embargo, él – la sabía – . La mano recorrió desde la pelvis hasta el hombro, sin tomar ningún atajo, en línea recta paralela a su espina dorsal, pero no se instaló mucho tiempo ahí, su destino final estaba apenas abajo de sus pómulos tallados con cincel. Su pulgar en movimientos parabólicos sobre su mejía advertían que los milímetros entre sus labios se extinguían despacio, como quien apaga vela por vela en una iglesia, con una calmada exhalación,  consciente totalmente que cuando todas las velas se apagaran y todos los milímetros se desvanecieran, todo sería oscuridad. Una hermosa oscuridad.

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También pudo ser sutil, breve, nervioso y penoso, quizá así fue la segunda versión, apenas una leve sincronía entre palpitaciones, un instante, una milésima de segundo de tacto contacto. Con una mirada de incertidumbre eterna después, él la veía y ella lo desaparecía, en la segunda versión, los segundos eran los protagonistas, no ellos, no los besos, no los cuentos. Y la historia que encontraba un punto de giro mortal en el antes y el después del evento.

La primera versión en cambio, – no sé si fue así- se extinguió en un cruce de miradas nerviosas y palabras perdidas, mientras toda la vida se reproducía en la PC portátil, acostados alrededor de esta misma como si fuera una fogata, una chimenea, sin contarse historias ni anécdotas, pero contando los lunares en la piel, y él, pasando lista de todos sus puntos débiles con el índice, el medio y el anular. Y pudo ser perfecto, las risas lo presagiaban, las cosquillas y las caricias, profético, como escrito por manos sabías, como impreso en manuales. Pero no llego el tercer día, el verbo besar no encarnó, mucho menos resucitó. Solo miradas, una pausa entre capítulo y capítulo de lo que fuera que se reproducía online frente a sus ojos. Entonces, palabras, y algunas frases construyeron un muro entre sus rostros y entre sus corazones.

Solo cuento la primera versión, pero la segunda también me convence, aunque anhelo la tercera, creo que pudo pasar una cuarta y quinta, o miles, se podrían contar miles. Quizá si no hubiese, si solo no existiera hubiese, como bien lo dijo Espósito en la película de Campanella, no tendría mil versiónes, no tendría mil pasados, porque me he quedado sin ningún futuro.

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