No saltes

Así, al revés, me despido.

– No saltes, le dijo él, pero los pies de ella ya habían dejado de tener contacto con la tierra.

– ¡No saltes! – Dijo con un grito desgarrador y fúrico, como si las voz tuviera el poder de tejer una red invisible entre ambos peñascos, para detener la caída. Y así, la vió caer.

no saltes

La distancia entre ambos desfiladeros ya era abismal, pero aún así, se escuchaban, pero ya las voces, las palabras, las promesas, no iban ni siquiera a trazar una cuerda floja entre ellos.

O se lanzaban o se perdían solitariamente para siempre. Esa era la condena.

Ni Gibraltar, ni San Carlos en las Malvinas, ni el Bering congelado servían de ejemplo, como algo que con esfuerzo se podría cruzar, estas ya eran dos porciones de tierra distantes, como Laurasia y Gondwana, que tras millones de años y de movimientos tectónicos se separaron, y así pasó, aunque no en millones de años, si no un par, ese continente unido, se estaba separando, y él con el alma gritaba.

– ¡No saltes, no sirve de nada! – le decía.

– ¡No sabes! ¡Nadie sabe, no te creo y no me voy a quedar sola en este peñasco! – respondía ella.

– Pero no tenes que saltar, ¡No saltes!

Y aunque antes de estar tan lejos, todo estuvo muy cerca, no significaba que la tierra se hubiese movido, no significaba que lograron mover montañas, realmente ese espacio que los separaba, siempre había estado ahí. La realidad, ambos, habían estirado su brazos, su manos, sus almas y sus corazones hasta cruzar toda la diferencia de espacio que separaba a uno del otro. Pero ambos creyeron que habían sido capaces de mover la tierra y eso no paso.

– ¡No tiene sentido! ¡Acá no hay nadie más! ¿Cómo podes querer que te crea si me quedaría sola?

– No estas entendiendo, pero por favor, te lo pido, no saltes.

Y siempre había parecido que habían logrado vencer todo ese tramo, y las instantáneas del tiempo, siempre habían logrado inmortalizar luz y calor, con el evidente espacio entre los dos, con los brazos de goma estirados, con las almas forzadas y las manos atadas con nudos entre cada dedo, pero eso todos lo veían y nadie lo veía.

– Te amo y de alguna forma extraña, siempre lo voy a hacer.  Sentenció.

– No podes hacer esto, no podes ser tan egoísta, eso no es amor, ¡No saltes, por favor!

Y las palabras y las promesas, nunca tejieron ninguna red elástica y confortable, para que su cuerpo, mente, corazón cayeran suavemente, o no cayeran. Pero así pasó, y la vio caer, caer para siempre.

Y así, al revés, lee.

Porque salte.

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