2743 Horas.

La tensión que la carcomía en el momento de la primera hora y la hora 2742 con 45 minutos, fueron muy parecidas, esa tensión de no saber si la respuesta era positiva, si la palabra era la correcta, si la combinación de gestos, o en este caso, de emoticones, iban a desencadenar, lo que finalmente terminaría por matarla.

La fascinación de seguirlo en cada movimiento, de cruzarle la mirada y cruzarle el corazón, apuntando con sus ojos, flechas de colores, de fuego que intensamente y sin descanso le quemaban la razón y posiblemente lo apartaban porque no entendía el porque de ese ardor y las evidentes quemaduras que no sanaban.

De todas las horas que lo vió, religiosamente en aquel altar rodeado de vidrio y cemento, nunca se atrevió a tocarlo, le prendía velas con sus sonrisas, y sus miradas desesperadas, a ver cual de todas le hacía el milagro, a ver si el santo bajaba de su pedestal y le cumplía las suplicas y le hacía realidad los sueños, si le cumplía el milagro.

Y antes de las dos mil y tantas horas, antes del momento en que murió, ya no sabia si rezar, ya no sabía si escribir cartas, hacer colectas, reunir grupos de oración, hacer rituales místicos, la danza de la lluvía, o del vientre como su ídolo, hacer señales de humo, como Juan Luis; porque todo se perdía y parecía que desaparecía a medida se extinguían sus rutinas juntos.

Y recurrió a los muertos, espectros, fantasmas y demás, para llamar su atención, para que le llevaran sus efímeras palabras, mensajes invisibles a la vista, que estaban y no estaban, pero que al final, él si contestaba, y entonces sus últimas horas, antes de morir en sus brazos, antes de rendir su alma a pedazos, se emocionó, vivió la alegría que correspondía y sin perder segundos su impetú y apetito por él crecía.

Y en el momento que se materializó, que bajo de su nube, que dejo de ser irreal y se materializó, luego de tanta rutina, luego de tanto buscarle la retina, de tantas sonrisas de parafina, se dejo ir en sus brazos, se dejo ir en su ir y venir, se dejo ir entera, sin pensar siquiera que ese día, en la hora dos mil setecientas cuarenta y tres, su vida ya no existiría, y que de ese viaje al otro mundo con él, nunca, jamás,…      volvería.

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