Un racimo de libertad entre sus piernas

– Hola, perdón la interrupción, pero a diferencia de los demás días, hoy estoy parada acá, frente a ustedes, para decirles la verdad.

RACIMO


El aire no solo permitía que las ondas sonoras que emanaban de su boca se transportaran a la multitud, completamente absorbida por los casi ciento setenta centímetros de piel completamente expuesta sobre ese escenario.

– Soy la única hija de mi mamá, y digo de mi mamá, porque seguramente tengo una, pero ella se dio a la tarea de ser soltera de por vida, y me dejó, ahí, en la nada, salí del hospital envuelta por las sábanas que una enfermera me colocó mientras me llevaba a mi casa hogar, adonde viviría siempre, ahí donde adoraban a otro hombre en calzones que miraba fijo al cielo.

El pleno, atónito, incrédulo de las palabras, sin saber que decir, enmudecía en cada sílaba, realmente, ¿Quién la iba a tomar en serio?, sobre todo cuando sus pechos eran un imán de ojos de metal. Imposible, absolutamente nada que decir, todo se había detenido, no había música, no habían llamados, no había nada más que su voz cruzando alrededor de aquel recinto.

– ¿Qué necesidad tenía yo de venir a este mundo? ¿Qué necesidad tenías tú, o él, o ella, ¿Qué necesidad tienen en serio de reproducirse solo porque sí?

Y señalaba cual lanzar una maldición para hacer efectivo aún más, la notoriedad de que sus palabras se iban acumulando en un recipiente lleno de ácido fosfórico dónde cada cabeza era un cerillo apunto de arder.

– Y saben, así crecí, arrodillada ante la imagen de un hombre en calzones, con las manos atadas al frente voluntariamente en señal de devoción o sumisión. Y si no lo hacía o me ponía en pié, me azotaban, tenía que obedecer lo que otros hombres habían escrito hace milenios en libros que no entendía y bueno, quizá me preparaban para este futuro, siempre de rodillas, siempre en calzones, siempre azotada, con la diferencia que hoy tengo <<el beneficio>> de poder caminar a otra condena, con dinero en mi mano cada día.

El silencio no se cortaba, era como ver un espectáculo bizarro, entre sus piernas le recorrían finos ríos de sangre que avanzaban lento entre sus muslos y pantorrillas sin lograr aterrizar en el suelo.

– Apenas sé para que sirve esa retribución, apenás me alcanza también y en los últimos días en que encuentro algo de justificación para venir acá y verlo a usted licenciado o a usted ingeniero otra vez con el dinero debajo de la cremallera, para ver como siguen queriendo arrodillarme y arrodillarnos sin más que un fajo de billetes para convencernos ¿Qué necesidad tenemos nosotros de hacer eso si no es por las leyes y sistemas que otros hombres han escrito en libros hace milenios y ustedes le llaman constitución o sistemas financieros?

Las palabras, casi llando, aterrorizaron a uno de los visitantes que estaba a punto de pararse, pues imaginaba que podía a suceder, lo volvían a sentar, víctima de alopecia y el calor, no de las palabras que escuchaba, sino de la situación, al abrazar a dos de ellas en la silla y arrodillar a otra que le había convencido para desatar su corbata y ocuparla para adornarle la cabeza mientras cumplía la faena en su entrepierna, él, era quién la miraba con más temor, por la llamada sin contestar del día anterior y la miraba como si su cuenta bancaria estuviera en números negativos y su seguro de daño colateral no fuera suficiente para cubrir el imprevisto.

– Aquí me dicen “Camila” un día, otro “Kimberly”, “Selena” los viernes y cuando me tienen más cerca, me dicen al oído “Mi putita”…

Y todos seguían con la mirada esos finos hilos de sangre que bajaban desde la cavidad de su pelvis, también asomaban otros hilos más gruesos, como mechas, enrollados de una manera reveladora de algo que podía encenderse y reventar escondido desde el espacio destinado a alojar vida y no muerte.

– Y así entre ser la arrodillada, la azotada y la despreciada, uno de ustedes, uno de los que siempre viene y compra mi amor por media o una hora, me dejó la peor condena que alguién como yo podía tener, me dejo la semilla de una mala decisión, decisión que tomé, porque ya no sabía que decidir, y si esto no es mi culpa, ni la de ustedes, ni la de mi mamá que me abandonó al apenas salir de su vientre, entonces no es culpa de nadie, es culpa de todos.

Y sin mentir, llevaba apenas diez minutos hablando cuando tomo el hilo más grueso, que amarraba otros tres o cuatro tal vez, y acercó a la mecha un cigarro que le había arrebatado al cliente que tenía más cercano.

– Hoy yo voy a ser más valiente que mi mamá, me voy yo, mi semilla sin querer, que no vendrá a sufrir, y me llevo a cualquiera de ustedes posibles papás, para que todos seamos una familia feliz en el cielo o el infierno, donde nos acomoden mejor.

Y el bote lleno de ácido fosfórico que había depositado sigilosamente en cada trago que había servido, con todas las cajas de fósforos promocionales que le tocaba repartir esa noche, para que los clientes no tuvieran problemas en pedir o prender un mentolado o un rojo enumerado, empezó su reacción.

– Y no es que lo merezcan todos, es solo que nadie hizo nada…

Y la dinamita que había introducido antes de que la llamaran a bailar esa noche, empezó a expandirse bruscamente cuando la chispa acabó con la mecha que le sobresalía, y fué ahí cuando el DJ entendió que el acto especial que iba a realizar hoy Camila, Selena o quizá Pamela, o el nombre que fuera de la que le pidió por favor detener la reproducción de la música a mitad de su canción, no era otra cosa más que el cierre perfecto para aquel burdel donde la había visto llegar, apenas unos meses atrás.

Así se rompió el silencio de todo el lugar, así se rompió la tradición de visitar ese establecimiento para caballeros de tradición centenaria, en un segundo, en un instante donde un estallido abrupto, bizarro e irreal, dejó en escombros el lugar, con partes humanas en partes diferentes y que había provenido del vientre de una bailarina trabajadora, que sudando siempre se había despedido al terminar su jornada:

– Hoy también  saqué un racimo de libertad entre sus piernas.

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