Vestida de Soledad

Se sentó, dejó a un lado cada distracción, dejo a un lado su presencia, la de él, la del otro, la de alguno más con quien salía en una foto, y también la del autor de la canción desgarradora que había compuesto con voz y guitarra.

Se sentó, empezó a desvestirse del miedo, empezó a desvestirse de la desesperación, se desvistió también del deseo y aunque le costó, se quitó como pudo entre mucho maniobrar el apuro, la idea de cumplir y vivir el “felices para siempre”.

Se sentó y frente al espejo, notó cada arruga, cada cicatriz, cada marca no deseada, resultado de entregar el cuerpo en lugares donde el arado solo busca abrir surcos sin sembrar lo suficiente profundo para enraizar un fruto duradero.

Y sentada, cubierta únicamente por la brisa escabullida del ventanal, que jugando le movía el cabello, y jugando le revolvía el insensato remordimiento de sentarse y verse desnuda, sola, y solo ella, solo una, después de haber sido dos o tres, o mil o un millón, así, sola se vió y se sintió.

Y sentada, sola y desnuda, frente al mismo espejo de siempre, espejo que siempre la invitó a cenarse la ilusión de su efímera belleza encarnada en sus huesos, inmerecedora tal vez, de dicha suerte, hoy le recordaba que aún bella, aún desnuda, ella, sola se veía y se sentía.

Y sentada, sola, abrazándose lo suficiente para no dejar huir al alma de aquella sensación frustrante de haber tratado y haber perdido sonrisas, besos, caricias y tiempo en ideas crueles de futuro, se ponía en pié, levantaba el destino y erguía el alma.

Y erguida, abrazada a si misma, con la barbilla por presionar al corazón, con un pie en las nubes y el otro hundiéndose más hacia el infierno, comprendía que la prenda adecuada para el día de hoy, y de mañana, era la decisión, de sonreír, sola, pero sonriendo.

Y erguida, abrazada, sonriente y emancipada de los pensamientos que habían esclavizado su proceder en el pasado, decidía, sin ver su armario, sin mirar los miles de pares de zapatos, yunques perfectos para ahogar el discernimiento, escogía entre lo etéreo, lo eterno, lo perfecto.

Y erguida, perfecta, sonriente y abrazada, enrollaba en su cuerpo una tela suave bordada de auto estima decolorada, que ayer fuera más vibrante, pero hoy más resistente la resguardaba, y cubriendo su pecho, hombros y cicatrices, decidió vestirse de soledad, por que sola, ella, era eterna, era perfecta, y así más bella.

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