Callarla con canciones

Al empezar la marcha, no solo del vehículo, si no de la aventura, de su amor y de su olvido, empezaba el ardor de las horas sin perdón que compartieron  yendo ambos, sin planearlo en la misma dirección.

El baúl llevaba el equipaje considerado, no como el corazón, que llevaba equipaje innecesario y no deseado, y no podría siquiera pensar, el equipaje que cada pensar acumulaba de años enteros de amor y desamores.

Para evitar el rezago, el paso de ángeles, silencios incómodos o violines ruiseñores, era mandato iniciar antes del primer cruce a la derecha, con canciones de Agustín Lara, para que sonara como amor de sus amores, pero cantado con dolor.

Y ella le hablaba, y él no respondía, en cambio, le cantaba partes con sentimiento y voz muda, parafraseando e inventando partes de letras, líricas y rimas que sonaban dentro del espacio adecuado para conducir entre los 50 a 100 kilómetros por hora.

Y cuando llegaba el momento de responder ante el rojo enfurecer de las mejillas y padecer de ojos irritados por el llanto, al sentirse extraña y engañada, cambiaba el cantautor, entonces ella y él sonaban bajo la voz de Perales, como si relatará la situación que acontecía en el clásico rojo acomodado, cruzando la avenida.

Y al salir de la ciudad, justo antes de cruzar el límite fatal, arrullaba en su cabeza, como Alfonsina de Mercedes, la idea total, de salir, de bajar de irse y volverse sin pensar en la soledad, y quizá envolverse en sal para procurar durar lo suficiente si esperar el regreso del viaje era necesidad.

Y él, para seguir sin responderle, se escudaba en Zitarrosa, por si te vas, para que la despedida cruel, ahora que la marcha había parado, apenas al salir, era para siempre y para no volver.

Y al verla parada en el anden, sin siquiera entregarle una palabra, sin responderle ninguna pregunta, sin tener el atrevimiento de verle los ojos directo, y preferir callarla con canciones, que deconstruirse en lágrimas, se arrepentía, por no entregarle la razón, por forzar la despedida cobarde sin fe, ni esperanza de saber que no le dirigía ninguna palabra, porque no podía decirle nada más, que un te amo.

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