Almohada.

Las sábanas trataban de envolver sus pensamientos tanto como pudieran, para no dejarlos ir sin antes volverlos verdad, pero empezaban a humedecer por las lágrimas que se condensaban y la tarea se volvía más ardua a medida recorrían más tramos de la tela.

Prohibió su libertad, y creo una  cadena y una frontera, de la que no podían pasar, en su dormitorio en erigía una prisión, una celda de seda que encerraría su presencia  sin acabar su existencia, para que no pueda salir fuera de ella.

Por que eran muy peligrosos fuera de ahí, mataban a quema ropa su tranquilidad, acuchillaban sin piedad cada intento de estar en paz, torturaban su imaginación con momentos etéreos de amor y amarga felicidad, eran asesino seriales de su estoicismo.

Así que una noche les leyó su sentencia, por cada crimen que cometieron y de los que no consumaron, nunca saldrían, nunca jamás de ese espacio confinado a la tristeza y nostalgia de no estar, te quedás en cama y nunca, de acá, te voy a sacar.

Y así fue como aprendió a llorar encerrando lágrimas y pensamientos en un único lugar, para que fuera de ahí los recuerdos con él, no la encontraran nunca más.

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