Pan, besos y caricias.

Le preguntó si quería que le agregará amor al sandwich que le preparaba, porque ya estaba escurriendo de sensaciones, ilusiones y deseos, estaba donde no debía estar, pero ahí, así lo deseaba.

Entre esas dos rodajas de pan, pon lo que quieras darme, pone lo que tu ser quiera entregarme hoy y que no le de miedo de dejarlo, para disfrutarlo en esta vida, y también más tarde.

Y mientras cortaba en rodajas un tomate, un pensamiento y un recuerdo, él se acercó, la abrazó pasándole las manos desde los hoyuelos de su cintura hasta el ombligo, le acercó la barba a su oreja y le contó en total silencio, susurrándole un suspiro, como quería de delgado ese corte.

Ella paró, se volteó y le beso la vida entera de nacimiento a muerte, sin parar, con notorio deseo de ser en él, y ser ellos, en la mesa de cortar de la cocina, sin apoyarse mucho a la ventana para que el vaivén no arrancase la cortina.

Y él le repitió, que esa casa no era de él, sino de ambos, y esa cocina, demasiado buena como para querer hacer todo lo malo en cada esquina y decoración, mientras le ponía al sandwich, solo un toque de amor, para que ninguno de los dos perdiera la razón, mientras se comían ambos en pan, besos y caricias.

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