El lujo de la ignorancia (P2)

*Primer intento prosaíco y en entregas de una novela corta. Entrega 2 de 7

Lee la parte uno acá

¿Les sucede que no pueden recordar la ropa de usaban cierto día de la vida? ¿Si?¿No?Bueno. Imaginá recordar la de otras dos personas, en una fiesta, un poco alcoholizado, y sobre todo si la pregunta te la dirige un oficial, dentro de una estación de inspectoría del distrito nacional, pues te han llamado para “brindar” información sobre la desaparición de una persona. Completo fracaso, levemente salvado por la tecnología, que en este punto de la modernidad, ya no resguarda nuestras memorias, si no que las crea.

Si me faltó describir un poco a Jimena, ahora te detallo, según la foto de Instagram de un otro amigo de un amigo, llevaba un vestido de una pieza, tentadoramente corto, para la figura que delataba una mujer dominicana de tez canela, con un sello grado “A” de calidad; floreado y de tirantes, con su cabello negro, rizado recogido en un moño llamativo y esa sonrisa chueca, que me tenía asqueado, en la imagen de la historia, estoy yo a su lado,  y claro, Martín frente a ella, quién, según me dijo el oficial, se había presentado horas más temprano a la inspectoría, para brindar información.

El oficial me agradeció por la imagen, pues con eso podrían informar como vestía Jimena, el último día que todos la vimos, entre nervioso y preocupado, empecé a escribirle a los conocidos de la fiesta, para informarles de la situación y saber si alguien tenía alguna idea de que se hizo ella,

Pensando en restrospectiva, ¿Por qué no le pregunté esa noche dónde se había ido? ¿Cómo había llegado?¿Con quién se había marchado? Qué falta de preocupación la mía, que falta de atención, y mientras ensimismado caminaba hacia la estación de metro Joaquín Balaguer, una notificación de whatsapp interrumpía mi introspección: “- Estoy bien, volviendo a casa.” Era Jimena.

Le marque directamente de vuelta, quería escuchar su voz, confirmar, cerciorarme, la culpa que sentía lo demandaba. Tres llamadas, ninguna contestó. Algo no estaba funcionando. ¿Todo bien? Le escribí e vuelta. ¿Dónde estabas? ¡Todos te daban por perdida! Le escribí, y añadía el emoji de las carita asustada, para agregar intensidad al mensaje. Nada, ni siquiera los recibía esta vez. Y punto siguiente, bloqueado, ya no tenía ni su imagen de perfil, estaba apunto de bajar por las gradas eléctricas del metro, cuando dí la vuelta y me volví rumbo a la inspectoría nuevamente.

En el camino, que no habrá sido mucho, le marque otras seis veces, le escribí otros cinco mensajes, y nuevamente, solo tenía el comprobante que se habían enviado, al entrar por la puerta de la inspectoría nuevamente, escuché una voz familiar, terriblemente familiar, que decía: “Y ahora no me contesta cuando le llamo”, levante la mirada y con su celular en la mano y cara de angustía, vi a Martín.

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