El lujo de la ignorancia (P3)

*Primer intento prosaíco y en entregas de una novela corta. Entrega 3 de 7

Parte 2

Parte 1

Creo que Martín estaba a punto de quebrar su teléfono móvil, era fácil percibir que lo apretaba con una fuerza desmedida, producto de la angustia y la preocupación, mientras conversaba con el oficial, pero me desconcertó, quizás porque en otro momento yo no note lo que ahora me revelaba la angustia de Martín y su casi destrucción del teléfono, en su mano izquierda, con la cual sostenía tan intensamente su dispositivo, su dedo anular vestía un anillo dorado, seguramente, de casado.

El oficial nos remitió e hizo esperar a ambos en un cuarto donde teníamos que esperar a un investigador especializado en tecnología, y de una manera sutil nos informó la no grata noticia, que deberíamos dejar nuestros teléfonos, o en su caso, los iban a intervenir, “Pero no lo veo probable” nos comentó o alentó, Jimena no era la hija de ningún político o millonario, ni extranjera, ni diplomática, al momento, era nada más otra estadística que se consolidaría como tal, pues su búsqueda no merecía tales recursos.

Mientras caminábamos al cuarto, compartí la preocupación de Martín, el era mi sospechoso número uno, y en caso no fuera culpable de nada, porque realmente no parecía ni tenía el aspecto de un asesino en serie, o siquiera de criminal o hampón, el había sido la última persona con la que yo había visto a Jimena, o por lo menos, eso creía yo, hasta ese momento.

La cita con Jimena, hace tres día ya, había sido una burda experiencia social, desarrollado en el marco procedimental de una cita normal. Chico invita a chica a cenar, es una cita a semi ciegas, pues solo la conocía por fotos y por la aplicación, cenamos en un restaurante tradicional, de la zona colonial, con buena comida, recomendado por ella, pues yo apenas y conocía la ciudad, tres cervezas para mí, dos sangrías para ella, una plática estéril y el sentimiento mutuo de “esto no es lo que esperaba, ni es como lo imaginaba”, fue lo que me llevo a proponerle asistir a la fiesta del amigo de mi amigo, ¿Por qué habrá aceptado? Realmente la menos entusiasmada por conversar conmigo era ella, de cada tema, yo le daba un discurso y ella una asentimiento, ¿Cómo fue crecer acá en el caribe? lo respondió con un “Imagínate crecer en uno de los países más machistas de Latino América y ser la única mujer de cuatro hijos y con padre ausente”. Al escuchar esa respuesta, ni siquiera ose en tocar temas que fueran más personales. Al salir del restaurantes, por la calle Hostos en la Zona Colonial, yo ni siquiera tenía ganas de caminar hacia la fiesta y alargar el silencio con ella, pues sentía que con cada palabra, me hundía más en un foso de incomodidad, y mi silencio tampoco ayudaba, la interacción era casi imposible y ni siquiera la ingesta de alcohol me daba las cualidades para mejorarlo.

“A mi me dijo que una amiga llegaría por ella, y luego no la ví” me dijo Martín mientras caminábamos detrás del oficial, al mismo momento que yo hacía un esfuerzo por recordar donde me había dicho ella que vivía, Martín se notaba preocupado, y yo en cada paso, lo imaginaba más con un rótulo de culpable y mentiroso en la frente, de falso e hipócrita, nadie es un caos balanceado, ni tiene tan buena dicción y  modales, el tipo era demasiado construido, demasiado amable, incluso para un costarricense, ante mi tajante falta de confianza al mundo exterior, el tipo estaba lleno de mentiras.

¿Qué estas escondiendo Martín?¿Por qué coqueteabas con Jimena esa noche, si era mi compañía?¿Y sos casado?¿Qué hacías en la fiesta solo? Mientras estábamos en el cuarto esperando al investigador mi cabeza rebalsaba de todas las preguntas que tenía ganas de  hacerle a Martín, pero callaba, ese no era mi deber y me complicaba comentar a cada afirmación o duda que emitía mientras esperábamos. Lanzaba sus interrogantes al aire, como esperando que mágicamente le contestaran las paredes, o que yo le dijera algo que lo absolviera de la culpa y eso, no iba a pasar.

“¿Cómo la conociste?” Me preguntó repentinamente Martín, a lo cual respondí con la honestidad que me caracteriza, sin omitir ningún detalle de la noche. “Cuándo me dijiste que era una amiga, pensé que llevabas años de conocerla” me dijo con un gesto de sorpresa.  Y siendo descortés al interrumpirlo, revelando mi intención al hacer la pregunta,  le pregunté, ¿En qué momento le diste tu número Martín? ¿Si tampoco se fue de la fiesta con vos, como recibiste el mensaje de ella, igual que yo?

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