El lujo de la ignorancia (P6)

*Primer intento prosaico y en entregas de una novela corta. Entrega 6 de 7

Parte 5

Parte 4

Parte 3

Parte 2

Parte 1 

Creo que es muy acertada la idea que dice: “Cuando uno se divierte, el tiempo pasa rapidísimo y cuando sufre, se dilata”. No sé quien lo dijo, ni bajo que contexto, pero puedo asegurarte que es totalmente correcto, dolorosamente correcto.

Luego del hallazgo de la fotografía que me incriminaba y el mensaje que Martín tenía en su teléfono, cada segundo parecía un recital de dudas, visiones, desaciertos y vociferaciones de mi tan cara ignorancia e inconsciencia. En ese momento, lo único que sabía a ciencia cierta era mi nombre, y que era inocente, porque lo era. Y debía existir una forma de comprobarlo, sobre todo, por el detalle de los zapatos, esos zapatos de hebilla formales, que usaba Martín y que estaban a la par de los tacones de Jimena.

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Ayudarte.

Estaba inquieta, por la falta de verdad, por la falta de realidad, por que la falta, la ira y la soledad, le inundaban la consciencia, cegaban la razón y comprimían su corazón.

De alguna forma u otra, sabía lo que acababa de hacer, la sangre corría, la mentira corría, la furia también, y goteaba de la lengua hacia afuera, jadeante, el deseo de repetir la hazaña.

Y enfrente de la escena, perpleja y excitada, se acercaba con la daga desenvainada una vez más, y con los labios a centímetros del oído, rodeándolo, le susurraba: “otra vez”, mientras lo apuñalaba sin ver.

Abrazándolo cual lo había hecho siempre, mientras encarnaban, cambiaba en esta ocasión, hoy que lo exorcisaba, y le enseñaba el camino de la eternidad a punta de filo y metal.

Derramaba lagrimas, que al migrar de su rostro, caían hacia una vertiente abundante de sangre que le emanaba del pecho y coloreaba su inmóvil torso, hasta llegar al suelo.

Sin un solo grito, sin parpadear, sin gestos visibles de dolor y solo con la mirada clavada en los ojos de ella, lentamente y en un infinito no entender, realizaba su último esfuerzo para alcanzar la daga en sus manos.

Entonces con la fuerza que aún le quedaba, empujo esa arma, las manos de ella y su corporeidad, a la estocada final, al umbral perdido entre el homicidio y el suicidio asistido e improvisado.

Y en su última exhalación, a punto de partir, hundió hasta el ventrículo izquierdo el metal mientras con cariño le decía: “Hasta en matarme, voy querer ayudarte”