Despertador

¿Quién pauso hoy tu despertador? ¿Eran las 7am, o los 7 días sin verte? ¿De quién se esconden tus labios? ¿Qué evitan ver tus tus ojos? ¿Por qué te ahuyenta el sol y la verdad?

Dejaste de recorrer la ruta conocida de la rutina de vida por tres metros cuadrados de cemento comprimido por un par de mentiras y un respirador.

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Ayudarte.

Estaba inquieta, por la falta de verdad, por la falta de realidad, por que la falta, la ira y la soledad, le inundaban la consciencia, cegaban la razón y comprimían su corazón.

De alguna forma u otra, sabía lo que acababa de hacer, la sangre corría, la mentira corría, la furia también, y goteaba de la lengua hacia afuera, jadeante, el deseo de repetir la hazaña.

Y enfrente de la escena, perpleja y excitada, se acercaba con la daga desenvainada una vez más, y con los labios a centímetros del oído, rodeándolo, le susurraba: “otra vez”, mientras lo apuñalaba sin ver.

Abrazándolo cual lo había hecho siempre, mientras encarnaban, cambiaba en esta ocasión, hoy que lo exorcisaba, y le enseñaba el camino de la eternidad a punta de filo y metal.

Derramaba lagrimas, que al migrar de su rostro, caían hacia una vertiente abundante de sangre que le emanaba del pecho y coloreaba su inmóvil torso, hasta llegar al suelo.

Sin un solo grito, sin parpadear, sin gestos visibles de dolor y solo con la mirada clavada en los ojos de ella, lentamente y en un infinito no entender, realizaba su último esfuerzo para alcanzar la daga en sus manos.

Entonces con la fuerza que aún le quedaba, empujo esa arma, las manos de ella y su corporeidad, a la estocada final, al umbral perdido entre el homicidio y el suicidio asistido e improvisado.

Y en su última exhalación, a punto de partir, hundió hasta el ventrículo izquierdo el metal mientras con cariño le decía: “Hasta en matarme, voy querer ayudarte”

Un simple saludo y un emoticón.

Era esa conversación en su teléfono inteligente, o quizá su misma inteligencia que lo traicionaba. Se sumaba ese olor a descomposición que despiden las mentiras nerviosas y para abonar a la conjetura, la incomoda brisa de las verdades a medias.

unsaludoyunemoticon

No quiso volver a explicarle porque le pedía que no borrara esa conversación, intuyó con ciega confianza que el amor era la más grande e inquebrantable fuerza, y que a pesar de los desvaríos, nada podría pasar de un simple saludo y un emoticon.

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