Rizos, esos.

Cerraba lentamente, la fantasía de verla viva, de abrazarla, de rodearla y sentir esos rizos, ese cabello ondulante, serpenteante, con sus ojos y subconsciente, y de los que esperaba nuevamente, recibir el sutil aroma a canela con citron, de aquella cabellera rebelde, y con un poco de amargor, saber que ni hoy ni jamás, la vería, ni en casa, ni en la ciudad, ni coronada por el sol del atardecer en el mar.

Y recordaba, cada detalle, cada vuelta, cada enredo, cada tropiezo y cada rubor, después de abrazarla con candor, que entre rizo y rizo se escondía,  con un poco de alevosía, la novena maravilla.

Cerraba lentamente los ojos, para imaginarle después, para imaginarla mañana y también, para imaginar que le decía: Si pudiera, te daría, con un trueque, noche y día, una vida llena de alegría, con todo y más que besos, a cambio de amanecer cerca de tus rizos, esos.

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