No sé si tengo un perro.

No sé si tengo un perro, el premio de consolación de la crianza

o la misericordia del universo que me lame las heridas, sin haberlas provocado.

No sé si tengo una mascota, la compañía más leal y la vez la más corta

o la contradicción de pasear con una correa, a un alma que nació para correr libre.

No sé si tengo un perro, pero para bien o para mal, sin tener la oportunidad de elegir esa fortuna,

se hecha a dormir a mi lado confiando sin dudar en ningún momento, que él me tiene a mi.

La idea.

La tercera vez que tuve que decirlo, ya no sentí dolor. Solo sentí el amargo sabor de probar un dulce al abrirlo, y volver a probarlo ya podrido.

La primera, en cambio, me quebraba la voz. Mi boca se entorpecía y dañaba sin querer, incluso por error, porque no tenía lengua: tenía una daga sin control.

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FLAMA NO DOMADA

Divina la brisa que aviva bien

tu chispa, tu fuego, tu ira

y acelera de cero a cien

el volver ceniza 

mi esporádica sonrisa,

ante la vista de todo el que mira

como sacrifico mi ser

ante tu falta de céder.

Tonto, tórrido détonante 

que acumulas en el día

y esquivo constante

para ser tu noche

desabotonar tu broche

escuchar tu melodía

Y en fuego arder

estallando el querer.

Tenso y lento este proceso

que educa duro a mi razón

para medir el exceso

de amor loco y harto

de mi deseo de parto

que esclavizan mi corazón

a tu vorágine mujer

que me hace enloquecer

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Clon de Corazón

Suena: https://youtu.be/1kfNVsc-8Kw

Soy fan de la simetría y la armonía, de la forma en como tu locura atrae y complementa la mía. Seguidor ciego del cielo que refleja su azul en tu pupila de tul, que me mira inocente, pero me mira conciente.

Practicante de tu fé, que enciende la mía, y me hace creer que el universo que te ama, conspira para acercarnos con cierta alevosía sin juntarnos mucho y con tanto tacto.

Y de cada coincidencia y sintonía, soy creyente, testigo viviente, que como yo, habitas la misma frecuencia, y es la misma paz que habita en ambos, sintiendo  que nos habitamos el uno al otro sin notar la diferencia.

Entonces confirmo que no soy yo en un espejo, si no yo  tu reflejo, que compartimos un alma que ha hecho mitosis y que en paralelo vibra con perfecta coordinación y sincronía.Y que hay clon de mi corazón que late en un cuerpo que no es el mío, que empuja la sangre a unas mejillas que se sonrojan cuando la miro, un corazón que se emociona, como el mío, de reconocer en la oscuridad, la luz de la paridad y se sorprende con latidos fuertes cada vez que reconoce que al mismo tiempo se tienen, y se encienden.

Todas mis muertes

Una colección de malas decisiones se proyectaba en cámara lenta, dentro de mi cabeza, cuando elegí, conciente, por primera vez, y completamente siendo un solo cuerpo con ella, morir sin pensar en mañana, morir creyendo cada patraña, morir hirviente e hiriente por sus uñas que mantenían mi mente en la misma dimensión de dolor que la de ella, sin dejarme escapar corporalmente, pero con mi alma fugitiva buscando como novato el camino a la resurrección directa que, como en todas mis muertes, me seria negado eternamente.

Ahora era mi indice y su anular, jugueteando en cámara lenta, vistos con el filtro bello y mesquino de una bebida etílica, que volvía borrosas las decisiones venideras y esos recuerdos pasados que advertían todas las horas futuras de llanto. Pero aun así, bella y mesquina, durante las horas que nos divertimos retando nuestra presión arterial, con juegos de destreza pélvica y corporal, decidí morir, morir dentro de ella, siempre con la esperanza de revivir un día, saludando con un llanto sin molares. Pero que, como en todas mis muertes, merodeaba futilmente.

Una brisa gentil juguetea en cámara lenta con los rizos de esa melena, llena de arena, que el trópico caribe me prestó para desordenarla por unos meses, y asi, desordenada y hermosa, admirándola desde su nadir, eclipsando el sol que esforzándose calentaba menos que nosotros dos, morí, morí lentamente dentro de ella, con la esperanza de revivir un tiempo después en su vientre. Pero que, como en todas mis muertes, lo esperaba inutilmente.

Un pequeño mapa cruzaba la espalda nacarada con acentuaciones bronceadas en aquella piel que se desmoronaba en cámara lenta en una alfombra de dorada y fina arena, que entre ella y yo, se colaba y colocaba como agente de fricción que ya nos sobraban en la relación, y así, con arena y nácar, morí, y morí mil veces más de las que quisiera recordar, trágica, rápida y hasta abruptamente, pero nunca con dolor, más que el de la esperanza cruel que, como en todas mis muertes, me mentía descaradamente.

Otro día trate, con mi pulgar, de leer el código morse que formaban todos los lunares que inundaban su rostro, mientras pensaba y pasaba una y otra vez la misma experiencia sonora que transmitía aún más placer que el mismo que lo causaba. Y tanto en morse, como sónoro, el ritmo de mi latir anunciaba la separación de mi espíritu al cuerpo, y otra vez más, moría, pero más conciente esta vez, que jamás reviviría, porque como en todas mis muertes, moría dulcemente.

Fue entoces, al saborear la sangre, que escapaba de sus labios, mientras besaba los míos, que por fin entendí, después de desear tanto revivir en ella, que lo realmente anhelado, lo verdaderamente buscado, lo que tanto se me había otorgado y no habia entendido, era la fortuna, la suerte, la dicha, que como en todas mis muertes, de morir a su lado.