Casos de ocasos.

1-Cuando el sol se puso ese día, llegó a su puerta, llevaba una chaqueta crema, con unas botas que le combinaban, se las limpió, y toco a la puerta.

Toco a la puerta dos veces.

Trató de verla por la ventana.

¿Me dijo que viniera a las seis y media? ¿O siete?

Toco a la puerta una última vez. Pero no hubo respuesta.

Y el sol volvió a salir, sin que él la volviera a ver otra día, ni otra noche más, nunca más.

 

2-Cuando el sol se puso ese día, aún la abrazaba, la tenía entre su cuerpo, entre sus ideas, entre su cabeza y sus venas. Ella latía en él y él la vivía.

La abrazó aún más fuerte.

Tan fuerte como si nunca quisiera dejarla de abrazar.

¿Cuánto más fuerte te tengo que abrazar para que te quedes prendida a mi ser?

Y en el último momento, cuando la abrazaba con todos sus fuerzas. Se esfumó.

Y el sol volvió a salir, sin que él la volviera abrazar otro día, ni otra noche más, nunca más.

 

3-Cuando el sol se puso ese día, una lagrima caía sobre la taza de café, caía sobre una vida entera soñada, sobre una ilusión derramada, que se ahogaba, y lastimaba.

El café perdió su sabor.

Y se volvió más amargo, por todas las lagrimas que acompañaron a la primera.

¿Qué fue lo que te dije, para que derramaras tanta amargura sobre nuestro café?

Le limpió los ojos y puso la taza a un lado, y después, ella se hizo a un lado.

Y el sol volvió a salir, sin que él volviera a disfrutar una taza de café con ella otro día, ni otra noche más, nunca más.

 

4-Cuando el sol se puso ese día, el ocaso le acariciaba los rizos en todo su esplendor, y el la miraba hipnotizado ante tremendo espectáculo sucitado.

La vio por un segundo.

La soñó por un milenio.

¿Qué debería ser, darte o tener, para que sepas que mi lugar es en tu querer?

Parpadeó, y como un espejísmo, los rizos no estaban, y los olvidó.

Y el sol volvió a salir, sin que el la volviera a soñar otro día, ni otra noche más, nunca más.

 

5-Cuando el sol se puso ese día, bailaba el alcohol en sus venas, hacía fiesta sinverguenza la embriaguez, y los volvía expertos en hacer promesas, que se iban a desvanecer.

Y borracho, le dijo que la amaba.

Y ella le besó las palabras que tanto esperaba.

¿Y si la sobriedad nos desangra las mentiras bebidas que nos prometimos hoy?

No es esta la sensación de amor que quiero sentir para toda mi vida.

Y cuando el sol volvió a salir, les regaló luz, les regaló sueños, y les regaló realidad, y no se emborracharon de amor otro día, ni otra noche más.

Nunca más.

 

 

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La misma dirección.

Tenía en su mano derecha, una carta, una lección y un decisión.

La había leído tarde.

O quizá no la había leído bien.

En su mano izquierda, tenía un revólver, un Smith & Wesson, como Pedro, pero sin la navaja, que aún testificaba el uso, vomitando un humo ligero, de pólvora guardada, por una bala que paso años esperando ser disparada.

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Piedad no es perdón.

Si por tierna o misericordiosa,

ese día, fue que pensaste en los dos,

culparé a la fortuna rencorosa,

que se apoderaba de vos

desde el lunes hasta la luna llena

y esa forma de pensar obscena,

que tu decisión era piadosa.

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