Ayudarte.

Estaba inquieta, por la falta de verdad, por la falta de realidad, por que la falta, la ira y la soledad, le inundaban la consciencia, cegaban la razón y comprimían su corazón.

De alguna forma u otra, sabía lo que acababa de hacer, la sangre corría, la mentira corría, la furia también, y goteaba de la lengua hacia afuera, jadeante, el deseo de repetir la hazaña.

Y enfrente de la escena, perpleja y excitada, se acercaba con la daga desenvainada una vez más, y con los labios a centímetros del oído, rodeándolo, le susurraba: “otra vez”, mientras lo apuñalaba sin ver.

Abrazándolo cual lo había hecho siempre, mientras encarnaban, cambiaba en esta ocasión, hoy que lo exorcisaba, y le enseñaba el camino de la eternidad a punta de filo y metal.

Derramaba lagrimas, que al migrar de su rostro, caían hacia una vertiente abundante de sangre que le emanaba del pecho y coloreaba su inmóvil torso, hasta llegar al suelo.

Sin un solo grito, sin parpadear, sin gestos visibles de dolor y solo con la mirada clavada en los ojos de ella, lentamente y en un infinito no entender, realizaba su último esfuerzo para alcanzar la daga en sus manos.

Entonces con la fuerza que aún le quedaba, empujo esa arma, las manos de ella y su corporeidad, a la estocada final, al umbral perdido entre el homicidio y el suicidio asistido e improvisado.

Y en su última exhalación, a punto de partir, hundió hasta el ventrículo izquierdo el metal mientras con cariño le decía: “Hasta en matarme, voy querer ayudarte”

Tinto el Corazón

– ¿Te sirvo otra copa?

– Por favor.

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No era ni las las siete pasado meridiano, y el atardecer solo aumentaba la sed, sed de todo.

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– Entonces, ¿Cómo le llamamos a esto?

– Deberá ser algo entre masoquismo e irresponsabilidad.

– O quizá algo un poco menos sugerente

– O nada, Me tiene sin cuidado como llamarle, mientras me llames, siempre.

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La mano mecía la copa ligeramente en círculos pequeños, y en cada trago, quedaban las palabras que no le quería decir, derramadas, como ambos, desde el borde hasta la base.

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– Siempre, Aún no te bebo en totalidad.

– ¿Y estás esperando a que me termine el vino?

– Si, para que te volvas a servir.

– Solo dejame disfrutar el último sorbo.

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La mano soltaba la copa, la copa sobre la alfombra, alfombra testigo y participante, dos participante en ese cuarto,  cuarto entero incendiado, incendiados su cuerpos, cuerpos embriagados de placer dulcemente, dulce vino tinto y tinto el corazón.