Mentime con amor.

Entonces, decilo otra vez, y esta ocasión, sentilo, sentí como se deslizan esas palabras hacia mi oído, desde tu boca, ¿Sí? Decilo así, tan consciente, tan real y que parezca diferente.

Lo escondes por favor, esconde todo rastro de mezquindad malograda por la ataviada sensación de sentirte solo una, una y no dos, una de cuerpo y no nosotros dos.

Incesantemente repetí, repetí nuevamente la fórmula, una y otra vez, suave, como si no me diera cuenta, como si no supiera que al perdonar, te diera bandera para dañar.

Zambullámonos, tirémonos, una vez más, en la utopía irreal, de una relación formal, del ¿Cómo te fue hoy? si no nos fue, ni nos como, y mucho menos nos hoy.

Abrazá la técnica diplomática de besar sin sentir, de amar sin arder, de ser quién te pido que seas, sin ser vos, ni ser yo, ninguno de los dos, solo el trámite del viaje a continuación.

Burlate una y otra vez, de mi decisión de estar acá, de verla de menos, y verla mal, al final, la corporeidad ya la infravaloramos y enterramos sin percatarnos.

Encedé, nuevamente, la duda, la inseguridad, la ansiedad y la imaginación, que tomen posesión de tu cuerpo, de tu pensamiento, que emborrachen y nublen tu razón.

Termina de una vez de decirme lo que querías hacerme sentir, porque le diste la palabra al odio, a la desilusión, a la tristeza y al enojo, cuando todos ellos hablaron, menos vos.

Herí eternamente, la ilusión más cercana a la felicidad que sentí, sentimos e idílicamente, vivimos, y si me vas a mentir otra vez, bonita, mentime con amor.

Ayudarte.

Estaba inquieta, por la falta de verdad, por la falta de realidad, por que la falta, la ira y la soledad, le inundaban la consciencia, cegaban la razón y comprimían su corazón.

De alguna forma u otra, sabía lo que acababa de hacer, la sangre corría, la mentira corría, la furia también, y goteaba de la lengua hacia afuera, jadeante, el deseo de repetir la hazaña.

Y enfrente de la escena, perpleja y excitada, se acercaba con la daga desenvainada una vez más, y con los labios a centímetros del oído, rodeándolo, le susurraba: “otra vez”, mientras lo apuñalaba sin ver.

Abrazándolo cual lo había hecho siempre, mientras encarnaban, cambiaba en esta ocasión, hoy que lo exorcisaba, y le enseñaba el camino de la eternidad a punta de filo y metal.

Derramaba lagrimas, que al migrar de su rostro, caían hacia una vertiente abundante de sangre que le emanaba del pecho y coloreaba su inmóvil torso, hasta llegar al suelo.

Sin un solo grito, sin parpadear, sin gestos visibles de dolor y solo con la mirada clavada en los ojos de ella, lentamente y en un infinito no entender, realizaba su último esfuerzo para alcanzar la daga en sus manos.

Entonces con la fuerza que aún le quedaba, empujo esa arma, las manos de ella y su corporeidad, a la estocada final, al umbral perdido entre el homicidio y el suicidio asistido e improvisado.

Y en su última exhalación, a punto de partir, hundió hasta el ventrículo izquierdo el metal mientras con cariño le decía: “Hasta en matarme, voy querer ayudarte”